La casa caliente

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OPINION | Por Adrian Abonizio

No pretendo ser ofensivo, pero hay una bandera que cuelgan los muchachos de la lepra que enuncia “La hinchada que nunca abandona”. Colofón a una rethaíla de sobreentendidos, herederos de los rompedores de carnets: si algo tienen que aclarar con trapos es que el Abandono existió y duele como el saco marrón de Russo. Se festeja y se celebra como tal con el Banderazo chiquitín. Una demencia infantil. Siempre paranoicos, siempre aclarando, siempre tapando con una carta lo que está claro en la mesa, siempre mintiendo en este Truco Futbolero donde el fervor está permitido pero no el engaño: no hay tantas estrellas, no hay tantos hinchas, pero hay mucha pintura para ensuciar el Parque. Hace mucho que Central no campeona en Primera, pero como los títulos de la lepra son recientes parecen más vertiginosamente importantes. Reconozco que rogaba para que Cagna se quedase algunos partidos más para que desciendan al infierno. Pero tuvo que aparecer un salvador de origen canalla, Martino que arribó para darles “identidad”. ¿Y adónde la habían olvidado? La lepra siempre me olió a complejos y aires british que lejos titilaban, ya que el Colosito, con sus luces bajas y magras, deprime.

Fervor ficticio, amor sobreactuado, leyendas espúreas e ingratitudes de baja estofa: clase media embanderada, tocando sus bocinas cuando Central bajó de categoría, vergüenza ajena, por el burlón que sale a festejar. Y allí van, sin amores verdaderos, arreados por el viento de la mala puntería que otra vez les ha tumbado la banderita flaca que sostenía un tipo en un palito, tristón, camino a su cucha por Lagos al fondo.

El pabellón oscuro que lucía una constelación de estrellas ficticias, una fecha de nacimiento fraudulenta y un corazón helado. Así van, así son por más que practiquen el “jogo bonito” y estén “para mejores cosas”, como ha manifestado el Sr. Heinze despectivamente, tristemente como su cara y sus goles en contra.

Voy a tener esta noche de domingo que andar llevando y depositando en el umbral de mis adversarios flores frescas, rojinegras para que ellos mismos se las depositen sobre sus lápidas. Paranoia. Temor. Miedo al cuco. Al papá. Congelamiento de alveolos pulmonares. Una historia conocida que ya aburre. Los cubitos de hielo que le llovieron a Delgado cuando pretendió tirar un corner, eran lágrimas, ¿Qué duda cabe? Cae la noche y me levanto el cuello de la campera, a pesar de que ha subido la temperatura en esta tierra legítima y sin dobleces donde lo que sobra es calor, calor de hogar porque en Arroyito sabemos a que casa pertenecemos.

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